_ ¿Todo está manejado por alguien allá arriba o existen realmente las casualidades? -se preguntó
Ernesto, una vez en la cama, después de haber hablado con su madre por teléfono.
_ ¿A qué no
sabés a quien vi hoy por la calle? -volvía a repetir él, en su cabeza.
Y
Ernesto lo tenía en la punta de la oreja, porque a partir de ese momento, iba a entender que todo hecho circunstancial en su vida, confluía ahora en un hecho madre, un hecho que llegaba al mar, para reposar y no andar más.
_ No, no, ella no me vio, estaba de espaldas, pero se que era ella, con ese pelo, es inconfundible -escuchaba las palabras casi textuales de su madre, en la oscuridad de la habitación- Y el tipo bastante fulero, que
querés que te diga.
Ernesto había necesitado ese encuentro ajeno, había necesitado que ella esa mañana haya extrañado los besos de él, entonces lo haya buscado, entonces él la haya esquivado, para unos días después
reencontrarla en esa esquina en donde la madre de
Ernesto podía verlos desde el taxi, ella de espaldas, pero con sus rulos, él dándole un beso en la mejilla.
Había necesitado ir a esa playa, para volver y no encontrarla en su casa, aquel veraneo.
Había necesitado una etapa de amor intenso, donde lo único que quería hacer en la vida era mirar sus rulos.
Había necesitado esa noche no pasar por un concierto en el cual habían ido sus amigos, para poder verla a eso de las 6, en una cafetería medio borracha y tratando de seducirlo.
Ernesto sabía de sus necesidades, si, pero ahora más que nunca las entendía, las veía de afuera y podía darles una dimensión, un sentido, un por que pero fundamentalmente un para que.
_No te vas a poner mal ¿no?. Yo te lo cuento porque para mi
tenés que saberlo. Tu padre me decía que no, pero… -ahora las palabras se disolvían un poco, no prestaba ya atención, eran casi insignificantes en un descubrimiento como aquel.
Ernesto esa mañana mientras ella y él se besaban en esa esquina, había estado soñando que él y ella se besaban pero en otra historia ya no posible, ya no
escuchable, ya no
querible ni amable.
A ti, corazón de arroz, yo ya no creo en casualidades.