Hace algunas semanas atrás salgo con mis amigas del trabajo. Era una de las pocas veces que salía con ellas. Vamos a un lugar moderno, con buena música, buen clima pero malos precios. No importaba, era una noche especial, lo presentía.
Entre el humo de la pista, distingo a un muchacho muy guapo, nos miramos un poco, coqueteando, y luego se me acerca. Nos ponemos a platicar. Me cuenta que se llama Alan, tiene 27 años, es escultor, y vive en San Sebastián. Yo estoy sorprendida por su manera de ser simple pero intensa. Me parece una persona sensible, abierta, aventurera. Le gusta la naturaleza y viajar tanto como a mí. Me emociona escucharlo.
Nos besamos, después de un rato. Me gusta su manera de besar, es caliente y tierna al mismo tiempo. Me dice cosas bonitas y yo ya estoy estúpida por él. De a ratos se va con sus amigos, yo bailo con mis amigas. Me excita su forma intensa de mirarme desde otro lugar. Nos volvemos a acercar, nos besamos con más ganas que antes. Ya casi llegando al final de la noche me pregunta si quiero dormir con él. Yo no estoy muy segura de que contestar. Me gusta mucho y realmente quiero acostarme con él, pero no se si es lo mejor. Quiero que sea especial. Hago un esfuerzo y le digo que no. Que intercambiemos números de teléfono. Así lo hacemos. Se va, dándome un beso tierno. “Te llamaré” me dice y yo le creo.
Al día siguiente me levanto alegre, inspirada por el amor una vez más. Voy al baño y cuando me miro al espejo noto algo extraño en mi cara. Mi piel parece podrida, como a punto de caer. Me angustio porque es realmente desagradable. Y no entiendo porque puede estar pasándome esto. Me visto rápidamente y voy al hospital más cercano. Me atiende un especialista, me revisa y lo noto un tanto preocupado. Después se aleja de mí, se saca los lentes y se sienta en su escritorio. Me pregunta donde estuve los últimos días. Le cuento un poco acerca de ello. Indaga sobre con que personas estuve. Hago el recuento y le comento de Alan. Me pregunta si lo conozco, si tengo relación con él. Le explico la situación. Ya empieza a agitarse mi respiración. Me dice en tono calmo que tengo aparentemente una bacteria que se contagia mediante contacto físico por personas en estado de descomposición, personas muertas. El corazón se me para por un momento. Revivo la noche del día anterior, y realmente no entiendo que puede tener que ver aquel muchacho. El doctor me pregunta si tengo algún número para contactar con él. Le digo que si, y entonces me sugiere que deberíamos llamar a la policía. Me receta unas pastillas y me voy. Esa tarde me llama la policía para ir a declarar. Les cuento todo, detalle por detalle. Les digo que es de San Sebastián y que está aquí por vacaciones, pero no se cuanto tiempo más. Estoy muy asustada. Ellos intentan calmarme. Me dicen que yo me quede tranquila, que ellos se encargarán del asunto, que yo no lo llame. No se nada de nada durante las próximas semanas y ya me olvido un poco del tema. Hasta que ayer por la tarde me llama un oficial y me cita en la comisaría. Me dice que han contactado con Alan. Que fueron a su casa de San Sebastián y que entraron a la fuerza. Allí estaba él. Vivía con tres muertas.

