me mola viajar en tren
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jueves, 3 de enero de 2008
martes, 28 de agosto de 2007
Tren a Sicilia
Una tarde calurosa en Italia. Otra de las tantas. Después de recorrer boleterías en busca de un pasaje adecuado a mis condiciones decido subir a un tren. El destino: Sicilia.
Mi boleto es de los indeseados, no me da un número para sentarme, serán horas de pie, o escabullirme en alguno olvidado.
Entro en un vagón con gente pálida que mueve las cabezas al compás de las vías del tren.
Me dispongo a dormir otra vez, el cielo está claro, pero yo no quiero mirarlo, solo dormir.
Mi cabeza se cae, la siesta fue corta. ¿Donde me tengo que bajar? ¿A que hora? Decido hablar, después de horas en abstinencia, le pregunto a un colega, uno que esta igual que yo. Me cuenta que el tren al final del continente se separa en dos: uno ira a Catania, el otro a Palermo. Estoy yendo al revés, claro. Tengo que cambiar de vagón antes de la cruzada. Llego al otro tren, el de los okupas. El calor duele más, y los asientos están polvorientos de tanto agitarse. Me siento otra vez. El tren arriba al fin del mundo. La separación es complicada, casi carnal, el ruido aumenta el malestar. De pronto todos en un sótano negro que es tren dentro de un barco. Somos como mercadería en contrabando. Decido salir a la superficie. Un amigo pasajero me acompaña. Miramos el atardecer juntos. Fumamos. Sicilia me espera del otro lado. Con sol de domingo.
El tren vuelve a arrancar. El viento mueve la noche. Ya ha llegado la noche. Mi amigo duerme un rato, yo miro como duerme. La estación parece acercarse a nosotros. Los pasajeros despiertan de horas de inercia. Despiertan furiosos moviendo sus bolsos y sus pies. Hacen cola en la salida. Yo los miro cansada: siempre lo mismo, la gente no piensa, o piensa al revés, pienso.
El tren finalmente deja de andar y todos saltan de él, estridentes, para opacar la tarde feroz. Yo bajo todavía con los párpados semi abiertos, me pongo la mochila y busco a mi amigo, Nicola. Él está esperándome al final del anden, con su moto roja. Nos subimos y yo apoyo mi cabeza en su espalda. Una carretera oscura cerca de la playa y el viento.
Mi boleto es de los indeseados, no me da un número para sentarme, serán horas de pie, o escabullirme en alguno olvidado.
Entro en un vagón con gente pálida que mueve las cabezas al compás de las vías del tren.
Me dispongo a dormir otra vez, el cielo está claro, pero yo no quiero mirarlo, solo dormir.
Mi cabeza se cae, la siesta fue corta. ¿Donde me tengo que bajar? ¿A que hora? Decido hablar, después de horas en abstinencia, le pregunto a un colega, uno que esta igual que yo. Me cuenta que el tren al final del continente se separa en dos: uno ira a Catania, el otro a Palermo. Estoy yendo al revés, claro. Tengo que cambiar de vagón antes de la cruzada. Llego al otro tren, el de los okupas. El calor duele más, y los asientos están polvorientos de tanto agitarse. Me siento otra vez. El tren arriba al fin del mundo. La separación es complicada, casi carnal, el ruido aumenta el malestar. De pronto todos en un sótano negro que es tren dentro de un barco. Somos como mercadería en contrabando. Decido salir a la superficie. Un amigo pasajero me acompaña. Miramos el atardecer juntos. Fumamos. Sicilia me espera del otro lado. Con sol de domingo.
El tren vuelve a arrancar. El viento mueve la noche. Ya ha llegado la noche. Mi amigo duerme un rato, yo miro como duerme. La estación parece acercarse a nosotros. Los pasajeros despiertan de horas de inercia. Despiertan furiosos moviendo sus bolsos y sus pies. Hacen cola en la salida. Yo los miro cansada: siempre lo mismo, la gente no piensa, o piensa al revés, pienso.
El tren finalmente deja de andar y todos saltan de él, estridentes, para opacar la tarde feroz. Yo bajo todavía con los párpados semi abiertos, me pongo la mochila y busco a mi amigo, Nicola. Él está esperándome al final del anden, con su moto roja. Nos subimos y yo apoyo mi cabeza en su espalda. Una carretera oscura cerca de la playa y el viento.
domingo, 5 de agosto de 2007
El subterraneo
Gentes de colores, gentes azules rojas y hasta amarillas
Gentes balanceandose
Gentes uniformes y extrañas
yo me mareo con tan poco y empiezo a pensar una vez más
Pienso en el destino y en la casualidad
pienso en eternas historias que no ocurren, que no son
Por que hay mas de una casualidad?
Y porque hay que tener una sola (puede ser afirmativo o preguntativo)
Pienso en que el hombre que está al lado mio, tiene una vida, con una mujer e hijos, o no, con dos amigos y una sobrina, o no, con dos loros y tres hamsters, o...
Pienso que la mujer que está enfrente mio es cirujana y el amante le dio un bife la noche anterior.
Pienso que los noviecitos del rincón se conocen hace dos o tres meses y medio, pero que dentro de dos estaciones seguro él le mete los cuernos y separan hasta la próxima.
Pienso en que ese chico puede ser mi novio -otra vez- pero que si se baja en la próxima estación y yo no, nunca vamos a serlo, aunque quizás me lo puedo cruzar mañana por la calle, pero si nos miramos y nos reconocemos y seguimos de largo, tampoco lo seremos.
Pienso en que espero, espero y más espero, con gente circunstancial que me mira y me esquiva, o me dice: quien sos vos? y yo digo: no lo se todavía, mañana se lo cuento.
Gentes balanceandose
Gentes uniformes y extrañas
yo me mareo con tan poco y empiezo a pensar una vez más
Pienso en el destino y en la casualidad
pienso en eternas historias que no ocurren, que no son
Por que hay mas de una casualidad?
Y porque hay que tener una sola (puede ser afirmativo o preguntativo)
Pienso en que el hombre que está al lado mio, tiene una vida, con una mujer e hijos, o no, con dos amigos y una sobrina, o no, con dos loros y tres hamsters, o...
Pienso que la mujer que está enfrente mio es cirujana y el amante le dio un bife la noche anterior.
Pienso que los noviecitos del rincón se conocen hace dos o tres meses y medio, pero que dentro de dos estaciones seguro él le mete los cuernos y separan hasta la próxima.
Pienso en que ese chico puede ser mi novio -otra vez- pero que si se baja en la próxima estación y yo no, nunca vamos a serlo, aunque quizás me lo puedo cruzar mañana por la calle, pero si nos miramos y nos reconocemos y seguimos de largo, tampoco lo seremos.
Pienso en que espero, espero y más espero, con gente circunstancial que me mira y me esquiva, o me dice: quien sos vos? y yo digo: no lo se todavía, mañana se lo cuento.
Esperando que el viento me venga a buscar (frase robada, pero que me gustó)
miércoles, 1 de agosto de 2007
Una de tren
Me siento en un asiento de cuatro, esos que tienen mesa en el medio, como en las películas. Esos que tenes que mirate si o si con el de adelante. Igual en el 99, 9% del trayecto uno no mira al que tiene enfrente porque es incómodo, porque queda como que gustas o que estas medio psicótica, o sea, nadie lo hace. Ni los que se gustan se miran mucho, solo un poco y a veces, después de la tercer, cuarta mirada, ya es que gustas.
Continuando con lo anterior, estoy en mi asiento, nadie ha ocupado aún los tres restantes. El tren arriba en Padova, y yo estoy intentando dormir. Siento que se sienta alguien al lado mio. Yo abro un solo ojo y le veo la pierna, distingo que es un hombre, pero no llego a saber la edad, ni si es lindo, menos si es algo interesante. Quiero verle la cara, pero aguanto un poco más así, me gusta hacerme la cabeza de lo que puede ser. Pienso que luego nos ponemos a hablar y bajamos justo los dos en Florencia y nos enamoramos, y bueno, todo eso...
Escucho que el tipo se pone a tararear algo, ya conozco su tono de voz. Me gusta que tararee: parece desihnibido, será más fácil establecer una conversación. Decido mirarlo, lo miro, es viejo, tiene anteojos y parece Woody Allen. Fin de la historia.
En eso llega una gorda, cargando a un nene que come pizza, manchando su ropa, sus manos y a la gorda. Sera como su madre en un par de años- pienso.
La gorda me dice algo, que no entiendo, me habla en italiano, me imagino que habla sobre mi ubicacion en el tren, que es equivocada o algo asi. Woody, que entiende italiano, se disculpa y se cambia a los asientos que están justo en la fila al lado de la nuestra, donde ya están instalados tres yankiees.
La gorda se sienta, gracias a dios, enfrente mio pero en diagonal, su marido, un tipo con pocas ganas de vivir, al lado mio. Y aparece el último personaje: una chica italiana que se va a sentar frente a mi, también con pocas ganas de vivir, pero con un no ganas de vivir distinto, es momentaneo y por algo específico, no como el del marido de la gorda.
En eso escucho que de los asientos de al lado, Woody comienza a hablar con los yankiees. Les dice en inglés que seguro que ellos hablan inglés, por eso él les está hablando en inglés, que no sabe porque lo sabe, pero que lo sabe. Los yankiees asienten sin el menor entusiasmo, y ahí mismo empieza el show de Woody que dura aproximadamente una llegada a la proxima estación y que realmente es dificil de soportar.
El tren no ha avanzado aún y la chica italiana larga unas lágrimas que ya no puede contener. Está dejando su vida en este viaje, en este tren. No hay nadie detrás de la ventana, espernado, mirando por ella. No hay nadie que las pueda compartir, excepto yo, que no me queda otra que mirarla, para decirle: no se que te pasa, pero yo te apoyo.
El tren avanza, el nene comienza a inquietarse, su pizza se terminó y no hay mucho para hacer, más que mirarse y esperar que el tiempo pase hasta arribar a algún lugar, quien sabe donde, ya no me acuerdo.
Woody Allen habla enfermamente, en lo poco que entiendo y me interesa entender, cuenta historias sobre fábricas, estadísticas comparando a Italia y EEUU, ahorro de energía, a lo que los yankiees responden con miradas cansadas y poco activas. De todas maneras Allen no está en absoluto interesado en que ellos interactuen, solo quiere hablar, mostrar que es sorpresivamente muy inteligente y creo, más que nada, que alguién lo mire un rato y asienta.
La chica italiana suspira para poder continuar llorando después. Entonces la gorda mira, yo miro. La chica se disculpa. Yo abro mi paquete de galletitas y le convido una. La chica sonrie, toma una y come , sin ganas de comer.
Continuando con lo anterior, estoy en mi asiento, nadie ha ocupado aún los tres restantes. El tren arriba en Padova, y yo estoy intentando dormir. Siento que se sienta alguien al lado mio. Yo abro un solo ojo y le veo la pierna, distingo que es un hombre, pero no llego a saber la edad, ni si es lindo, menos si es algo interesante. Quiero verle la cara, pero aguanto un poco más así, me gusta hacerme la cabeza de lo que puede ser. Pienso que luego nos ponemos a hablar y bajamos justo los dos en Florencia y nos enamoramos, y bueno, todo eso...
Escucho que el tipo se pone a tararear algo, ya conozco su tono de voz. Me gusta que tararee: parece desihnibido, será más fácil establecer una conversación. Decido mirarlo, lo miro, es viejo, tiene anteojos y parece Woody Allen. Fin de la historia.
En eso llega una gorda, cargando a un nene que come pizza, manchando su ropa, sus manos y a la gorda. Sera como su madre en un par de años- pienso.
La gorda me dice algo, que no entiendo, me habla en italiano, me imagino que habla sobre mi ubicacion en el tren, que es equivocada o algo asi. Woody, que entiende italiano, se disculpa y se cambia a los asientos que están justo en la fila al lado de la nuestra, donde ya están instalados tres yankiees.
La gorda se sienta, gracias a dios, enfrente mio pero en diagonal, su marido, un tipo con pocas ganas de vivir, al lado mio. Y aparece el último personaje: una chica italiana que se va a sentar frente a mi, también con pocas ganas de vivir, pero con un no ganas de vivir distinto, es momentaneo y por algo específico, no como el del marido de la gorda.
En eso escucho que de los asientos de al lado, Woody comienza a hablar con los yankiees. Les dice en inglés que seguro que ellos hablan inglés, por eso él les está hablando en inglés, que no sabe porque lo sabe, pero que lo sabe. Los yankiees asienten sin el menor entusiasmo, y ahí mismo empieza el show de Woody que dura aproximadamente una llegada a la proxima estación y que realmente es dificil de soportar.
El tren no ha avanzado aún y la chica italiana larga unas lágrimas que ya no puede contener. Está dejando su vida en este viaje, en este tren. No hay nadie detrás de la ventana, espernado, mirando por ella. No hay nadie que las pueda compartir, excepto yo, que no me queda otra que mirarla, para decirle: no se que te pasa, pero yo te apoyo.
El tren avanza, el nene comienza a inquietarse, su pizza se terminó y no hay mucho para hacer, más que mirarse y esperar que el tiempo pase hasta arribar a algún lugar, quien sabe donde, ya no me acuerdo.
Woody Allen habla enfermamente, en lo poco que entiendo y me interesa entender, cuenta historias sobre fábricas, estadísticas comparando a Italia y EEUU, ahorro de energía, a lo que los yankiees responden con miradas cansadas y poco activas. De todas maneras Allen no está en absoluto interesado en que ellos interactuen, solo quiere hablar, mostrar que es sorpresivamente muy inteligente y creo, más que nada, que alguién lo mire un rato y asienta.
La chica italiana suspira para poder continuar llorando después. Entonces la gorda mira, yo miro. La chica se disculpa. Yo abro mi paquete de galletitas y le convido una. La chica sonrie, toma una y come , sin ganas de comer.
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